Escribo para no llorar
Pero termino llorando mientras escribo
Vuelvo a esta escena:
H. cerrando la puerta de la pieza de hotel que arrendamos para celebrar su cumpleaños número cuarenta. La luz dorada del amanecer, brillando en las flores del papel mural y en su cara de hombre bueno.
Vuelvo a esta escena mientras me lavo los dientes. Guardando la loza. Esperando que la luz del semáforo cambie, o justo antes de dormir. No lo hago conscientemente, más que volver a la escena, la escena vuelve a mí. Como un reflejo del cuerpo, como las arritmias que me recuerdan que mi corazón no funciona del todo bien. Exactamente así, de hecho. Porque la escena, como una arritmia, casi nunca viene sola.
H. cerrando la puerta de nuevo, porque cuando ya la había cerrado volvió a abrirla para mirarme una última vez. Yo sonriéndole a través de lágrimas, arropada entre las sábanas y el cobertor que él había apretado con ambas manos contra mi cuerpo tibio. “Si no me voy rápido, me va a dar pena”, dijo.
Unas horas antes, cuando la luz todavía era azul, yo y él hablando sobre irnos de paseo para tener más tiempo solos. La noche anterior, el calor de su mano en la mía mientras nos dormíamos. Antes de acostarnos, nosotros comiendo pan con queso en la cama y dejando que las migas cayeran sobre las sábanas de 400 hilos, riéndonos hasta llorar por el contraste entre nuestra elección de cena y la elegancia de la pieza.
Entre carcajadas, yo posando mi frente en su hombro y diciéndole “te amo, H.”
Él respondiendo, “yo también, harto, mucho”
Antes de eso, cuando no corregimos al recepcionista que asumió que éramos marido y mujer. O mi brazo presionado contra su brazo mientras hacíamos la fila para pagar el pan, el único contacto en público que nos permitíamos. El olor familiar del interior de su auto, el sonido de su respiración en mi pelo cuando lo abracé para saludarlo.
Una cadena de imágenes y sensaciones que, pase el tiempo que pase, me amarra a esas últimas 16 horas que pasamos juntos. Porque, después de que cerró esa puerta, nunca más volví a ver la cara de H.
Las personas con las que me desahogo me preguntan por qué sigo viendo sus historias, recordando su cumpleaños, escribiendo textos como éste. Como si fuera cosa de todos los días decirle “te amo” a otra persona entre risas y sábanas llenas de migas. Que te responda que él también, harto, mucho, y que vibre la verdad en su voz.
Como si se pudiera salir fácilmente de una pieza en la que te dejaron sola, con paredes llenas de flores brillantes y la puerta cerrada por fuera.




Mi amor imposible de olvidar es C. Te abrazo
💔❤️🩹❤️🔥